Antes de que las playas de Sant Antoni se convirtieran en el motor económico del municipio, Calonge vivió durante más de un siglo de otra materia prima muy distinta: el corcho. Junto a poblaciones vecinas del Baix Empordà como Palafrugell o Sant Feliu de Guíxols, Calonge formó parte de una de las comarcas sureras más importantes de Cataluña, gracias a los extensos bosques de alzina surera que cubren el macizo de les Gavarres.

Los orígenes: de los bosques de alzinas a los primeros talleres

Según recoge la propia historiografía local, a finales del siglo XVIII Calonge empezó a industrializarse con las primeras fábricas de taps de suro (tapones de corcho). Aquella incorporación al mundo industrial transformó de manera radical y definitiva no solo la economía del pueblo, sino también su vida social, marcando el paso de una economía agrícola y forestal a otra apoyada en la manufactura.

Un modelo de pequeños talleres y fabricación doméstica

A diferencia de otros núcleos sureros con grandes fábricas, distintos estudios sobre la industria tapera catalana señalan a Calonge como un ejemplo claro de fabricación de carácter doméstico, sostenida por pequeños talleres familiares más que por grandes complejos industriales. Durante los siglos XVIII y XIX, esta industria surotapera se convirtió en una auténtica fuente de riqueza para el municipio, e implicó directamente a numerosas familias calongines que compaginaban el trabajo del corcho con las labores del campo.

El oficio: de la pela en el bosque a la perola de agua hirviendo

El proceso artesanal comenzaba en verano, cuando los «peladors» recorrían las suredes de les Gavarres para descortezar las alzinas con el hacha, extrayendo las planchas de corcho sin dañar el árbol. Una vez en el taller, el corcho se apilaba bajo presión para aplanarlo y, tras perder buena parte de su humedad, se hervía durante aproximadamente una hora en una gran perola o caldera de agua, lo que le devolvía elasticidad y facilitaba su manipulación con herramientas cortantes. Todavía hoy se conservan en Calonge las ruinas de una de aquellas antiguas perolas, testimonio físico de aquel oficio. Tras el hervido, las planchas reposaban varios días en una cava húmeda y oscura antes de pasar a las manos de los «llescadors» y «carradors», encargados de cortarlas en tiras y darles la forma rectangular necesaria para fabricar cada tapón.

La incorporación de la mujer al trabajo del corcho

La progresiva mecanización del sector, ya entrado el siglo XX, favoreció la incorporación masiva de mano de obra femenina a un oficio que hasta entonces había sido casi exclusivamente masculino. Las llamadas «taperes» trabajaban en los talleres a cambio de un jornal inferior al de sus compañeros, sin dejar por ello de asumir las tareas domésticas del hogar, un patrón que se repitió en otras poblaciones corcheras del Baix Empordà y el Gironès.

Del auge industrial al turismo: el legado surero de hoy

La demanda internacional de tapones de corcho se mantuvo en aumento hasta principios del siglo XX, cuando el sector empezó a diversificarse con nuevos usos del material, como los discos o la lana de corcho. Con el paso de las décadas, la competencia de los tapones de plástico y silicona, unida al despegue del turismo de sol y playa en Sant Antoni de Calonge, desplazaron progresivamente al corcho como motor económico del municipio. Aun así, su huella sigue muy presente en el paisaje: las suredes de les Gavarres, los antiguos talleres y las ruinas de las perolas forman parte del patrimonio histórico de Calonge, tan digno de descubrir como su castillo medieval o sus yacimientos arqueológicos. Algunas familias taponeras, como los Mundet de Sant Antoni de Calonge, llevaron incluso el negocio del corcho hasta América, una historia que puedes descubrir en nuestra página sobre el patrimonio indiano de Calonge y Sant Antoni. Quien quiera conocer a fondo esta historia puede completar la visita con nuestra guía sobre el casco medieval e historia de Calonge y con la sección dedicada a la naturaleza y las playas de Calonge y Sant Antoni, donde el macizo de les Gavarres —antiguo corazón de la industria surera— sigue siendo hoy un espacio natural de primer orden.