A pocos minutos del núcleo urbano de Calonge, el macizo de Les Gavarres esconde uno de los rincones más sorprendentes del municipio: un estrecho valle fluvial que durante siglos movió las ruedas de varios molinos harineros y que hoy puede recorrerse a pie siguiendo el itinerario homologado PR-C 116.1, conocido popularmente como «el camino del agua». El trazado actual del sendero se fijó poco después de las intensas lluvias de octubre de 2005, cuando el temporal alteró buena parte del cauce y obligó a rediseñar varios pasos junto al río.

Un valle estrecho, húmedo y lleno de vida

Les Gavarres son, en realidad, un mosaico de pequeños torrentes que descienden escondidos entre pinares y encinares hasta reunirse en cursos mayores. Uno de ellos, la riera de Romanyà, confluye con la riera de Calonge para excavar un valle angosto y umbrío donde la humedad constante favorece una vegetación y una fauna mucho más ricas que las del resto del macizo. Ese contraste entre el bosque mediterráneo seco de las laderas y la frondosidad casi de ribera del fondo del valle es uno de los grandes atractivos naturalísticos de la ruta.

Cuando el agua movía la economía del pueblo

El itinerario avanza en paralelo al cauce desde el Pont Penjat hasta el molino de Lluís, y de paso reconstruye la historia productiva de la comarca entre el siglo XVIII y las primeras décadas del XX. Aprovechando el desnivel del río, generaciones de payeses construyeron presas y acequias para desviar el agua hacia una sucesión de molinos harineros que abastecían de harina no solo a Calonge, sino también a los pueblos vecinos. Caminar la ruta es, en cierto modo, seguir el hilo de esa antigua red hidráulica: presa, acequia, molino, y vuelta a empezar unos metros más abajo.

Datos prácticos antes de salir

El recorrido de ida y vuelta hasta la presa del molino de Lluís tiene una longitud aproximada de 11 kilómetros y puede completarse en unas 3 horas, de las cuales alrededor de 2 horas y media son de caminata efectiva. La dificultad es baja-media, con desniveles suaves que acompañan el curso del río, por lo que resulta adecuada para la mayoría de los caminantes. El punto de partida y de regreso es el pinar situado junto al Pont Penjat, y todo el trazado está señalizado con las marcas blancas y amarillas propias de los senderos de pequeño recorrido, en este caso el PR-C 116.1. Conviene tener presente que, en varios tramos, el camino cruza directamente el lecho del riachuelo, por lo que en época de lluvias o deshielo es recomendable extremar la precaución.

Catorce paradas para descubrir el valle

1. El Pont Penjat

La ruta arranca junto a este singular puente colgante, levantado hacia mediados del siglo XX para unir fincas situadas en ambas orillas del río. El entorno, tranquilo y poco transitado, es un buen lugar para detenerse unos minutos en silencio: no es raro escuchar el reclamo del ruiseñor bastardo, ver algún ánade real nadando en las pozas o distinguir el vuelo bajo y nervioso de un chochín entre la vegetación de ribera.

2 y 3. El molino de la Mayola y su acequia

Poco después de dejar atrás el puente, el sendero atraviesa un bosque mixto de pinos y encinas, con matorral aclarado y algún campo de cultivo a mano izquierda; un hábitat idóneo para pájaros como el jilguero, la curruca rabilarga o el verderón. El molino de la Mayola conserva todavía en su fachada el antiguo mecanismo hidráulico, la rueda que impulsaba la maquinaria y que estuvo en funcionamiento hasta principios del siglo XX.

4. La Roca Riquel

Antes de llegar a la urbanización del Vizcondado de Cabanyes, el camino pasa junto a un llamativo grupo de rocas muy soleado, hábitat habitual de reptiles como la lagartija colilarga o el lagarto ocelado. El bosque cambia aquí de fisionomía, con más presencia de encinas y de un sotobosque donde crecen zarzaparrilla, esparragueras, brezos y jaras de flor rosa y blanca. Justo bajo estas rocas se situaba la antigua presa que enviaba el agua hacia la acequia del molino de la Mayola.

5. El Vizcondado de Cabanyes

Desde las piedras de paso que permiten cruzar el río se divisa la casa señorial del Vizcondado de Cabanyes, construida en el siglo XVIII y remodelada durante el XIX con un aire de pequeño castillo. Sus antiguos propietarios estuvieron vinculados a la orden de caballeros del Santo Sepulcro, y la tradición oral local ha tejido a su alrededor más de una leyenda, desde supuestas acuñaciones de moneda falsa hasta la fama de que las tierras de la vizcondesa se extendían, sin interrupción, desde La Bisbal d’Empordà hasta Torre Valentina. En los campos de cultivo cercanos suelen verse liebres, perdices y alondras.

6 y 8. El molino de Les Roques y su presa

Situado casi a pie de río, el molino de Les Roques es hoy la vivienda de una familia payesa, aunque todavía pueden reconocerse en los establos algunas de sus antiguas piedras de moler, así como el trazado del viejo camino de Romanyà, conocido como «el Picarol». En la entrada se conserva grabada la inscripción «Pablo Lloret 1768». Río arriba, su presa forma una poza profunda con agua durante buena parte del año, un pequeño refugio para ranas, sapos, culebras de agua, libélulas y escarabajos acuáticos, y un lugar tentador para un chapuzón en verano.

7. El bosque de ribera

Entre ambos puntos se extiende uno de los tramos más frescos y sombríos de todo el recorrido, un auténtico corredor natural que ha servido históricamente de refugio y despensa para numerosas especies. Alisos, olmos, sauces y chopos forman una bóveda vegetal bajo la que, con algo de paciencia, pueden observarse currucas, oropéndolas, abejarucos o picos picapinos, además de aves rapaces como el gavilán o el azor sobrevolando las copas.

9 y 10. El molino Cremat y su presa

Tercer molino de la ruta, el molino Cremat sustituyó hace años su antigua balsa por una piscina privada, aunque conserva parte de la estructura original. La tradición atribuye su nombre a los repetidos incendios que sufrió esta zona del valle a lo largo de la historia. Su presa, una de las mejor conservadas de todo el cauce, se esconde en un rincón particularmente umbrío y fresco.

11 y 12. El molino de Lluís y su presa

Habitado en la actualidad, el molino de Lluís data de mediados del siglo XVIII. A partir de aquí el río adquiere un carácter casi de montaña, con más piedra y menos arena, y con una notable presencia de anfibios como la rana común, la salamandra o el sapo común. Su presa, probablemente la más espectacular de todo el itinerario, forma un salto de agua que merece la pena contemplar especialmente tras las lluvias o el deshielo.

13. El molino de Mesamunt

Este molino resulta singular porque llegó a captar agua de dos presas distintas: la del propio río de los Molinos y la de la cuenca de Ruàs. También es el que ha sufrido más reformas a lo largo de su historia, hasta el punto de haber perdido buena parte de su fisonomía original.

14. El pozo de hielo (Pou de neu)

Con una pequeña desviación del itinerario principal, siguiendo el camino que lleva hacia la finca de Mas Riera, ya en término de Santa Cristina, aparece una construcción circular de piedra de unos 8 metros de diámetro y entre 4 y 5 de altura, conservada casi intacta: un antiguo pozo de nieve. Su existencia confirma que este tramo del valle era, en invierno, uno de los puntos más fríos de la zona, condición que se aprovechaba para almacenar nieve y hielo destinados a la conservación de alimentos, una actividad económica habitual en distintos puntos de Les Gavarres. Al tratarse de una estructura situada en pleno bosque, sin señalizar ni vallar, se recomienda acercarse con mucha precaución.

Si buscas otras maneras de disfrutar del entorno natural del municipio, puedes consultar también nuestra página sobre playas y naturaleza en Sant Antoni de Calonge, o volver al listado general de planes en nuestra guía de actividades en Calonge y Sant Antoni de Calonge.